3 de abril de 2017

Venta del Rayo (Encarna Castillo, 2017)




Encarna Castillo
VENTA DEL RAYO
Prólogo de Baltasar Garzón
Trampoline Editores 
Colección Triple Mortal, 2017 





Sin duda se trata de una impresión subjetiva, pero al leer la primera frase de Venta del Rayo, me vino a la mente el inicio de Pedro Páramo. Tal vez se deba a la contundencia del verbo en pretérito con el que ambas novelas empiezan (¡qué importante es siempre la primera frase!). O quizá todo resida en la figura del padre (de los ancestros en general), tan presente en una y en otra, pues es el padre -desconocido en Pedro Páramo, eslabón indispensable para trazar con línea firme un pasado desdibujado en Venta del Rayo- el desencadenante de todo lo que acontece. Puede, incluso, que esta similitud que he encontrado tenga que ver con los espectros que, con distinta intención y de diferente manera, pululan en las dos novelas. La de Encarna, un documentado puzzle que recompone la peripecia de su abuelo, Juan Castillo López, «el Borricones», durante la guerra civil, empieza con esta frase, muy del realismo mágico:  
Heredé de mi familia materna el afán por hablarle a los muertos, por relatarles sin mucho orden ni sentido, por el gusto de charlar con ellos
Y el principio de la de Rulfo, como ya es sabido, es el siguiente:  
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera.
 
Pero similitudes aparte, la novela de Encarna Castillo nos habla de la guerra civil y de sus consecuencias. Muchos pensarán aquello tan manido de "otra más sobre el mismo tema". Pues sí: otra más. Pero no una cualquiera de las muchas que utilizan ese período como trasfondo donde insertar argumentos con pasiones desenfrenadas y dramones sentimentaloides. No. El pasado, la ausencia, el silencio, la injusticia histórica: estas son las bases sobre las que se asienta Venta del Rayo, nombre de la pedanía de Loja, Granada, de donde es originaria la familia Castillo, y topónimo que da título a la novela. Una tarea de reconstrucción en la que está implícita la búsqueda de una identidad individual, pero también de la colectiva. Un ejercicio de memoria en el que los tiempos se imbrican de tal manera que el presente queda absolutamente modificado y condicionado por un pasado conocido solo de refilón. Tres generaciones con un mismo código genético, ese gen diferencial al que se refiere la autora, y una realidad común que se ha percibido de forma desigual: una, la primera, la ha sufrido en carnes propias; la siguente generación la ha padecido como un trauma del que no se habla. Es la tercera la que se revela como depositaria de la memoria familiar, y a ella le corresponde escuchar, investigar y reconstruir unos hechos que las generaciones posteriores ya no conocerán de primera mano. 

Si la tradición oral quedó en supenso para esta tercera generación, a la que solo se le transmitieron anécdotas aisladas contadas con medias palabras, es porque el miedo, la represión y la necesidad de seguir viviendo sin echar la vista atrás se impusieron en la mayoría de los casos. Un sistema educativo insuficiente y un quorum político empecinado en el olvido y en un acomodaticio no reabrir heridas tampoco han ayudado demasiado a esclarecer tantos puntos oscuros como hay en nuestra historia reciente. 
A mí, como decía Vincenzo Consolo que sucedía a todos los hombres y mujeres -y sobre todo a un escritor-, me resultaba casi imposible huir del lugar de la propia memoria. Yo no sabía si era escritora o no, pero escribía. Y con eso me bastaba. Y aquella memoria me devolvía un pasado que yo pensaba que dejaría atrás a medida que mi vida continuara hacia adelante. Pero no. Mi vida iba por libre y lo hacía con viajes intermitentes al pasado. (Pág. 43).

Presbicia se titula el primer capítulo de la novela. Según el DRAE, la presbicia es el defecto de la visión consistente en que los rayos lumiosos procedentes de objetos situados a cierta distancia del ojo forman foco en un punto posterior a la retina. El símil es suficientemente explícito como para no ahondar más en él. El concepto de vista cansada, de ojos con dificultad para enfocar objetos cercanos, se erige en certera metáfora de lo que podríamos llamar presbicia vital.

La memoria de lo no vivido coexiste en Venta del Rayo con los recuerdos personales de la narradora. La memoria familiar, sesgada por el dolor y por el paso del tiempo, convive con la tozuda frialdad de los documentos históricos. Loja y Barcelona, paisajes de fondo, quedan unidas por un mismo hilo conductor que pasa por la Sylvania imaginaria de los Hermanos Marx. En Loja se rodaron algunas escenas de Sopa de ganso, y en la calle de la Rosa, en pleno Barrio Gótico barcelonés, se proyectó la película el verano de 2013.
 
 Loja (Granada), la Sylvania de Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933)


Presente y pasado, como ya ocurría en Cold Turkey, la anterior novela de Encarna Castillo, se entremezclan y forman un todo en el que tiempo y espacio acaban convergiendo. La dualidad se impone como seña de identidad que posibilita encontrar el propio lugar en el mundo, si es que esto es posible y, en realidad, uno no pertenece a nada en concreto porque forma parte de demasiadas cosas. El Raval de los años 90, ya desaparecido por mor de los estragos del turismo, y la tapia del cementerio de Granada, lugar de ejecución de los represaliados; el cinturón rojo barcelonés -el rojo, color de la sangre y de la lucha, otro de los leit motiv que esconde la novela- contrapuesto a la Barcelona olímpica del oropel; los humillantes carnets de mendicidad que repartía la España de Franco y la rabia concentrada en expresiones populares (Juanillo, juanarro, los huevos de yeso y la picha de barro); el pasaje de Escudellers y el barranco del Zumbeón de la sierra de Loja. El gazpacho de los hombres del campo y los bares modernos. Los vuelos de las aves anilladas y el grafitti de un conejo... Y en medio de todo ello, la figura de una mujer a la que la crónica familiar ha tildado de loca, buscando caracolas, conchas y fósiles marinos en un mar inexistente.

Voy a los hoteles igual que empiezo novelas, para tratar de cambiar de vida, para ser otro.
 (Enrique Vila-Matas: cita final de Venta del Rayo).

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Añadido a posteriori:





4 comentarios:

  1. Benditos sean los que les hablan a los muertos porque entre sus voces oímos las de los nuestros.

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    1. Las voces de los muertos son difíciles de acallar.

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  2. La vieja memoria, que se niega a desaparecer, muy a pesar de algunos.

    Saludos.

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    1. Se niega a desaparecer y, por tanto, hay que mantenerla viva.
      Saludos.

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