4 de septiembre de 2015

La imagen reproducida


Andy Warhol. Gun, 1982

La vida humana no vale nada, pero tiene precio: el precio de la sinrazón y de la ambición desmedida. Un tipo de ambición que lleva consigo una absoluta falta de escrúpulos, además de la desidia y la indiferencia de quien no repara en nada que vaya más allá de ese yo y mis circunstancias tan de primer mundo.

Humano es un adjetivo curioso; en su tercera acepción, la RAE lo define como "comprensivo, sensible a los infortunios ajenos". Sin duda, una paradoja sangrante, pues solo hace falta repasar la historia de esta especie llamada humanidad -la antigua y la reciente- para darse cuenta del oxímoron. 

Sin embargo, todo reverso parece tener su anverso, y las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio ahogado el 1 de septiembre de 2015 en una playa turca frecuentada por turistas, han sido el reclamo de la prensa para mostrar las consecuencias del éxodo y la actitud reticente de una Europa cada vez más ensimismada y enloquecida por salvaguardar su identidad. La vieja Europa que por un lado se autoprotege, y por el otro afila sus colmillos para devorar a dentelladas al diferente, al que no es de los nuestros, al que viene a contaminar la esencia de nuestras blancas y civilizadas democracias cimentadas sobre un enorme tablero de Monopoly.

Ver la serie de fotografías del cuerpo diminuto inerte sobre la arena resulta conmovedor y también terrorífico. Los instantes captados son una sinécdoque gráfica, la parte de un todo que plasma y sintetiza una tragedia colectiva. Son imágenes que no necesitan mayor explicación porque en su contundencia llevan implícito el horror y el ninguneo que supone ser un paria. Igualmente conmovedoras fueron, en su día, las imágenes de Kim Phúc, la niña que en 1972 huía despavorida de los efectos del napalm durante la guerra de Vietnam (foto con la que su autor, Nick Ut, ganó el Pulitzer en 1973), y de Omaira Sánchez, víctima del volcán Nevado del Ruiz en Colombia: la crónica de una agonía larga y lenta retransmitida por televisión en noviembre de 1985, sin asomo de pudor ni respeto alguno por la dignidad de la muchacha moribunda.

Sin duda, el drama padecido por los niños ejemplifica mejor que nada el dolor que causa la barbarie, sea del tipo que sea, por lo que su visión resulta doblemente impactante. Como era de esperar, ningún periódico ha renunciado a poner las fotografías del pequeño sirio en portada, y de ahí han saltado a las redes sociales, que las han reproducido hasta la saciedad.

¿Derecho a la información o derecho a la intimidad?
Un debate que no es nuevo y cuyos límites (en especial cuando el sujeto es menor de edad) pueden resultar confusos y, a veces, hasta engañosos. La repetición ad náuseam de una foto tan desoladora como la del cadáver de un niño, deja de tener sentido informativo para convertirse en mercancía morbosa. En nuestra cultura de la imagen, y pese a las buenas intenciones, el exceso consigue el efecto contrario al pretendido, de tal manera que el sufrimiento ajeno acaba transformándose en espectáculo para las masas. Con la coartada de la denuncia -absolutamente lícita y necesaria, por otra parte-, se corre el riesgo de banalizar la tragedia, al tiempo que, sin tener plena conciencia de ello, se está cosificando a la víctima.

La saturación que produce una imagen reiterada hasta el infinito, puede embotar la capacidad de raciocinio y, lo que es peor, trivializar aquello que estaba destinado a remover las conciencias. La realidad fragmentada y tantas veces repetida se desvirtúa, pierde fuerza y tiende a deshumanizar al otro para reducirlo a una mera representación icónica, a la manera de las serigrafías de Warhol. La cultura pop, con Warhol a la cabeza, puso en evidencia lo insustancial y efímero de la sociedad de consumo, para la que la novedad es el máximo valor, y todo lo que es susceptible de ser engullido por la maquinaria capitalista forma parte del mismo batiburrillo que engloba imágenes seriadas de vacas, presidentes de gobierno, armas, actores, flores, cantantes y latas de sopa Campbell. Cuando la guerra y el drama humano entran en la categoría de lo consumible, el asunto difícilmente tiene vuelta atrás.

En el caso de Aylan Kurdi, como en tantos otros, despersonalizar a la víctima equivale a despojarla de su humanidad para convertirla en una efigie. Al mostrar una y otra vez su cuerpo inmóvil con el rostro vuelto, en ocasiones sin mencionar siquiera su nombre y refiriéndose a él con un vago "el niño", se está insistiendo, tal vez de forma involuntaria, en su condición de desheredado sin derechos.

Pues bien, "el niño", además de ser una más de las 2.300 personas que se calcula que han muerto en los últimos tiempos en su intento de llegar a Europa, tenía nombre y escapaba en una barca hinchable, junto a su familia, de la ciudad kurda de Kobane, situada al norte de Siria y asediada por el Estado Islámico.

Y no, aquí nadie verá la foto del cadáver de Aylan. La única imagen de este artículo es la que lo encabeza. Una imagen que solo pretende simbolizar lo absurdo de una muerte prematura: un sinsentido a caballo entre la atrocidad humana y la reproducibilidad técnica.


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